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Recetas para diabetes

Pollo al ajo para la hipertensión

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El ajo es extremadamente versátil y va bien con prácticamente cualquier plato salado. Puedes tomarlo crudo si deseas experimentar su fuerte y persistente sabor. Entero resulta poco aromático, pero desprende su intenso aroma cuando se machaca. Su aroma y sabor se suavizan y dulcifican ligeramente al cocinarlo.

Los griegos disfrutan de la skordalia, una salsa elaborada con ajo, almendras, aceite de oliva y pan duro humedecido en agua que se sirve con bacalao en salazón, o bien como salsa para mojar, y en Serbia se come ajo como tentempié junto con slivovitz, un fuerte brandy de ciruela.

Por otro lado, el ajo es un elemento esencial del hummus, una popular crema de Oriente Próximo que además incluye garbanzos, aceite de oliva y piñones. El ajo también es un ingrediente del famoso harissa, un condimento tunecino extremadamente picante, así como de la chermoula, una marinada típica de Marruecos. Asimismo, la cacik es una salsa turca que además de ajo incluye otros ingredientes como el yogur y el aceite de oliva, y se sirve como acompañamiento.

Por su parte, la cocina tailandesa está repleta de ajo y prácticamente no falta en ninguna receta salada.

Esta receta es un clásico de la cocina francesa lo suficientemente especial como para servirlo en una cena. Recuerda animar a tus invitados a que degusten los ajos, pues son la parte más interesante de la receta. Acompáñala con una gran ensalada verde y pan francés crujiente.

Puedes usar pedazos de pollo en lugar de un pollo entero, si lo deseas, pero en ese caso tuéstalas antes de introducirlas en el horno.

 

Pollo al ajo

Ingredientes
1 pollo entero, aproximadamente 1,350 kg (3 libras)
1 cucharadita de romero seco
1 cucharadita de salvia seca
1 cucharadita de perejil seco
1 cucharadita de semillas de hinojo tostado y molido
1/2 cucharadita de sal
1/2 cucharadita de pimienta negra recién molida
1 cucharadita de aceite de oliva
1 limón, cortado en cuartos
2-3 cabezas de ajo de dientes grandes (alrededor de 40)
1 taza y media de caldo de pollo
1 taza de vino blanco

Preparación
Enjuaga y seca el pollo. Combina el romero, la salvia, el tomillo, el perejil, la sal y la pimienta negra en un cuenco pequeño y añade el aceite. Frota la piel del pollo con la mezcla impregnándola y cubriéndola bien. Coloca los pedazos de limón dentro del pollo, átalo, si lo deseas, e introdúcelo en una cazuela. Cúbrelo y refrigéralo durante cuatro horas.

Saca el pollo del frigorífico y espera a que se temple un poco. Extrae los dientes de ajo sin retirarles la piel. Espárcelos alrededor del pollo. Mezcla el caldo con el vino y viértelo sobre el pollo.

Hornéalo con la tapa puesta a una temperatura de 220 T (425 °F) durante 15 minutos. Reduce el calor a 190 °C (375 °F), destapa la cazuela y sigue horneando, rociando el pollo con su propio jugo de vez en cuando, durante 40 minutos o hasta que el termómetro de temperatura instantánea registre 80 °C (175 °F). Déjalo reposar durante 30 minutos para dejar que el jugo se asiente antes de proceder a cortarlo. Sírvelo con varios dientes de ajo en cada plato.

Te recomendamos el siguiente video para que conozca la forma de pelar ajos sin que las manos queden con su fuerte olor:




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Recomendaciones

Según muchos chefs de alta cocina, el ajo francés —que posee un sabor y aroma bien diferentes del ajo californiano— es el mejor. Realmente merece la pena probarlo; se reconoce por su piel de matices rosáceos. Otras variedades dignas de mención incluyen el ajo blanco prusiano y el ajo rojo español.

Para obtener el mejor sabor es preferible comprar cabezas frescas, las cuales suelen ser de diversos tamaños y pueden contener desde unos pocos dientes hasta dos docenas. Sin embargo, en cuestión de sabor, el tamaño no es importante: todo depende de la frescura del ajo. Asegúrate de comprar cabezas compactas, pesadas, secas y que permanezcan intactas. Las cabezas de dientes grandes resultan más fáciles de manipular.

 

 

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